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Las joyas robadas del Louvre: el brillo perdido de la monarquía

No todos los robos son iguales. Algunos se llevan dinero, otros se llevan historia.
Cuando, en octubre de 2025, un grupo de ladrones se hizo con parte de la colección de joyas del Museo del Louvre, Francia perdió más que piedras preciosas: perdió símbolos de poder, belleza, y memoria, y nosotros la posibilidad de admirarlas “in situ”

Vamos a descubrir más sobre estas joyas robadas del Louvre, probablemente perdidas para siempre, a través de las mujeres que las poseyeron. De hecho, en todas las imágenes de este artículo, ellas las lucen con sus mejores galas.

Hortensia de Beauharnais y María Amelia de Borbón-Sicilia

Hortensia de Beauharnais era hija de Josefina, la primera esposa de Napoleón. Fue reina de Holanda cuatro años gracias a su matrimonio con Luis Bonaparte, el hermano pequeño del emperador. Fue un matrimonio de conveniencia, de hecho, la pareja no se soportaba; de la unión nació el futuro Napoleón III, aunque hoy sabemos que la paternidad de Luis es más que dudosa. Mujer cultivada, amante de la música y de la pintura, vivió los días dorados y oscuros del Imperio napoleónico, del que fue testigo privilegiada y, a veces, víctima.

Las joyas de Hortensia y María Amalia robadas en el Louvre

Décadas después, la historia francesa conocería otra reina de gran sensibilidad: María Amalia de Borbón-Dos Sicilias, esposa de Luis Felipe I y sobrina de María Antonieta. Su elegancia discreta y su vida familiar contrastaban con la ostentación de su tía guillotinada; ambas compartieron un destino común: el final turbulento de sus reinados.

Las joyas robadas del Louvre
Las joyas robadas del Louvre

El vínculo entre estas dos mujeres tan distintas se materializa en una joya extraordinaria: la parure de zafiros. Este conjunto, formado por tiara, collar, pendientes y broches, fue confeccionado con zafiros de Ceilán rodeados de más de mil diamantes. Primero perteneció a Hortensia, y luego pasó a María Amalia, quien lo adaptó al gusto de su tiempo. El azul profundo de las gemas parecía reflejar la serenidad que ambas reinas buscaron en medio de la inestabilidad política.

Su valor estimado actual podría rondar los 20 a 40 millones de euros, aunque su verdadero precio está en su historia: el tránsito del Imperio al trono burgués, contado a través de un destello azul.

María Luisa de Austria

Cuando Napoleón decidió casarse con María Luisa de Austria, hija del emperador Francisco I y sobrina también de la mítica María Antonieta, buscaba algo más que amor: una alianza que legitimara su poder ante las monarquías europeas y un heredero con sangre real.

Las joyas robadas del Louvre

Educada en la rígida etiqueta vienesa, Marie-Louise aportó a la corte francesa un refinamiento distinto, más clásico y sobrio. El collar de esmeraldas y diamantes sustraído del Louvre, fue un regalo de Napoleón por su boda, que ella lució orgullosa en retratos oficiales. Las esmeraldas, símbolo de esperanza y fidelidad, parecían anunciar un futuro estable para el Imperio; pero la historia, como siempre, tenía otros planes. Tras la caída de Napoleón, Marie-Louise volvió a Austria y nunca regresó a Francia, aunque su joya permaneció como un recuerdo de la alianza entre dos imperios que, en realidad, nunca llegó a materializarse.

El valor material de este collar se estima entre 10 a 20 millones de euros. Sin embargo, cómo darle un valor a este testigo mudo de uno de los periodos más apasionante de los últimos siglos.

Eugenia de Montijo

Ninguna joya representa mejor el lujo del Segundo Imperio, que las de Eugenia de Montijo, la última emperatriz de Francia. Nacida en Granada y educada en París y Londres, Eugenia fue una de las mujeres más influyentes del siglo XIX. Esposa de Napoleón III, símbolo de elegancia y modernidad, convirtió la corte de las Tullerías en el epicentro de la moda europea. Su estilo combinaba el refinamiento español con el esplendor imperial francés, y cada una de sus joyas era parte de una calculada estrategia de imagen y poder.

De su colección destacan dos piezas que estaban expuestas en el Louvre hasta su reciente desaparición: una tiara de perlas y diamantes —con más de 200 perlas y casi 2.000 diamantes— y un broche en forma de lazo, confeccionado con miles de piedras que en su día adornaron un cinturón imperial. Estas joyas no eran simples adornos: eran una declaración de identidad. En la Exposición Universal de 1855, la emperatriz las lució como emblema del refinamiento francés ante el mundo.

Su valor estimado supera los 30 millones de euros, aunque ninguna tasación puede reflejar lo que simbolizan: el esplendor de una Francia que, poco después, se desvanecería entre las ruinas del Segundo Imperio.

El destino de las joyas robadas del Louvre

Las joyas robadas del Louvre no son solo tesoros materiales; son fragmentos del alma de una época de la historia. Cada piedra preciosa cuenta la historia de una mujer que vivió entre el lujo y la tragedia, entre el amor y el poder. Hortensia, María Amalia, María Luisa y Eugenia brillaron en distintas épocas, pero todas buscaron lo mismo: dejar su huella en la historia.

Por cierto, que tenemos un magnífico vídeo que trata en profundidad la apasionante pero trágica vida de la emperatriz Eugenia de Montijo. ¡No te lo pierdas!

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